Superar la pobreza ¿Cómo?

Amigos:

Quiero acercarles nuestro último programa de TV Civilitas -Esperanza Federal sobre este tema:


  
Además me gustaría compartir una parte de la "Carta Abierta a nuestra generación" que presentara a un Concurso Internacional sobre la temática de la Libertad.
Para ver el texto completo pueden hacer click aquí.


 
7. Las tensiones entre libertad e igualdad

El tercer desafío para la defensa y ampliación de nuestras libertades públicas, viene desde el ámbito de lo social. En este sentido, estoy convencido que parte de nuestro "relato" tiene que volver a conectarse con las personas actualmente marginadas y que quedarán excluidas de confirmarse la tendencia, no importa cuál sea el escenario.

¿Qué sucedió con los hombres y mujeres de nuestra generación que en estos 20 años vivieron en la pobreza absoluta y han llegado a sufrir hambre? Ellos tienen muchas cosas para decir y enseñar sobre esta noción de la libertad como bien colectivo, como causa y sentimiento.


Los fenómenos de clientelismo y explotación que se han producido y se producen en todos los rincones del mundo tenderán a potenciarse. Esta es una hipótesis a considerar seriamente, si queremos forjar una visión realista del porvenir de la libertad. Los fracasos en la inversión social que hacen los países subdesarrollados y en desarrollo (y que aglutinan a la mayoría de la población mundial) es un dato en el análisis que no puede ser subestimado. Probablemente en 50 años ya no quede ningún país en la tierra que no respete las libertades políticas (con China a la cabeza). Pero el avasallamiento de grandes masas necesitadas por parte de los poderosos no pareciera ser superado en un horizonte cercano.

Pero lo que más preocupa es algo previo, vinculado casi a los sentimientos. Me entristece que nuestra generación -a medida que pasa el tiempo y aumenta el desarrollo- viva, respecto de la pobreza estructural, una especie de resignación que lleva a muchos a catalogar a sus víctimas como irrecuperables. Algunos lo dicen, otros lo callan, pero la mayoría lo siente. Tal vez en este aspecto haya calado más hondo el escepticismo.

Generaciones anteriores se conectaron con sus "hermanos pobres" por múltiples razones: amor, solidaridad, por ideología, por utilitarismo o por esnobismo. Pero al menos se conectaron. Hoy tengo la impresión de que nuestra generación, al ver que el problema social es tan difícil de resolver, decidió dar la espalda y hacer como que no existe.

No me mientas: dime cuántos pobres han quedado visibles desde tu residencia, custodiada probablemente por algún tipo de vigilancia privada, tu ruta hacia el trabajo, el colegio de tus hijos, los lugares donde comes afuera o sales a tomar algo, donde veraneas o haces deporte. Si por esas casualidades hay todavía alguno o varios que te interceptan en el auto para limpiar tu vidrio, o se meten en tu restaurante… ¡ ya quisieras que alguien los corriera, para que nadie te recuerde que esa realidad sigue siendo una deuda pendiente, no tuya (porque nada malo has hecho para contraerla), pero sí como generación. Una llaga abierta. Que debería dolernos.


Nuestros hijos adolescentes o jóvenes -la próxima generación- están recibiendo este mensaje. Tal vez hayamos sido más eficaces en transmitirles nuestra adhesión al espíritu ecologista, que en nuestra juventud fue germinal y ahora es una convicción instalada y generalizada, que el milenario mensaje de que ese hombre que sufre miseria y tiene condicionada su libertad en forma notoria, es mi prójimo.

Un profesor de colegio público me señalaba hace un tiempo: "nosotros de chicos al menos jugábamos a la pelota con los niños del barrio marginal de al lado. Había un cierto temor de que al final termináramos a las trompadas, pero lo hacíamos. Ahora el único contacto que tiene un joven de nivel socioeconómico alto con uno bajo, tal vez sea sólo para comprarle la droga a la vuelta de la esquina para consumir en su próxima salida." Probablemente sea una observación exagerada, pero ilustrativa.

¿Podemos imputar a nuestros hijos que se sientan más "próximos" de todos los amigos y conocidos que tienen en su facebook, diseminados incluso por el planeta, que de aquellas personas sin recursos que viven en su misma ciudad? ¿Acaso nosotros nos sentimos ligados al destino de esos vecinos con problemas como para poder transmitirlo, enseñarlo?

Nuestra generación debería estar levantando la voz por los que "no tienen voz". Ser el grito de libertad que sus gargantas no lanzan a los poderosos por temor a perder el favor que le prometieron. En definitiva los pobres y marginados de nuestra generación deben convertirse en sujetos y protagonistas centrales de nuestra lucha generacional por la libertad

Pero -para que eso suceda- debe producirse algo previo. "Los libres" de esta generación tenemos que ser capaces de comprender -con la razón y con el corazón- que nadie está contento en la situación de pobreza, por más subsidios y planes sociales que puedan ser acumulados. Todos los seres humanos tenemos esa ambición sana por mejorar nuestra calidad de vida y la de nuestra familia a través de un trabajo digno. Todos queremos ser verdaderamente libres. Esa debería ser nuestro principio y nuestra hipótesis de trabajo para que la solidaridad en la libertad se de sin prejuicios ni suspicacias.

8. Por qué luchar por la libertad de ese otro.

Me detengo por un momento ante esta cuestión de la solidaridad en la libertad. Hay tres facetas por las cuales tenemos una especie de obligación de asumir como generación también la lucha por la libertad de los que no tuvieron la misma suerte. Dos son conocidas, pero la tercera la aportaré con cierto carácter original.

La primera faceta es moral. No me extenderé mucho aquí, porque sé que has recibido el mismo mensaje que yo desde tu infancia: "si sólo ayudas a los que te quieren ¿en qué te diferencias de los ladrones? Y si sólo haces el bien a los que pueden devolverte la atención de alguna manera ¿Qué tienes de distinto con la gente mala?" La necesidad de "amar al prójimo como El nos amó" o si no nos da el corazón para tanto, al menos "no hacer a los demás lo que no nos gustaría que hicieran con nosotros" son máximas que no nos pueden resultar indiferentes, sin importar a qué código ético o religioso adscribamos. Sin embargo, está visto que la solidaridad no está "de moda" entre las filas de nuestra generación y sólo la cultivan unos pocos. Mucho menos entre "los libres".

Podemos observar la cuestión también desde el otro extremo: una mirada egoísta inspirada por el más puro utilitarismo. ¿Cuántos alambrados, centinelas privados, autos con vidrios tonalizados, animales guardianes, alarmas y sensores, cámaras y gas paralizante podremos acumular durante los próximos 50 años, sin encargarnos de que esa gente con la que pretendemos tomar distancia, tenga lo básico suficiente como para no venir a sacárnoslo a nosotros por la fuerza? No aguantará el sistema jurídico para defender la propiedad privada, ni las fuerzas de seguridad para custodiar nuestro bienestar diferenciado de la gran mayoría, ni podremos encerrar a nuestros hijos en un cubículo para que no sufran violencia en la vía pública mientras son "libres". Necesariamente tendremos que enfrentar el desafío político de garantizar a esas mayorías las oportunidades que a nosotros nos sobran y que a ellos les faltan. Esta segunda faceta podríamos resumirla en forma muy directa e incluso agresiva, del siguiente modo: si no te vas ocupar de ellos y de su falta de libertad, ellos se ocuparán de ti.
 
Pero la tercera faceta es -a mi modo de ver- la perspectiva más original. Una convocatoria generacional a la acción pública a favor de la libertad que no tenga en cuenta a la pobreza, morirá antes de nacer, por falta de grandeza. Grandeza tanto en la extensión de la convocatoria cuanto en la profundidad de la utopía movilizadora.

En este sentido quiero confesar que me decepciona ver a varios de los nuestros que en algún momento se enojan con el sistema, se llenan de espíritu militante pero se encajonan en convocatorias por cuestiones tan pequeñas, tan coyunturales, tan cercanas a su problemática particular, que se asemejan a la espuma que genera el mar y que desaparece cuando la ola se retira.

No digo que no deban existir personas que defiendan esas causas (quien soy yo para decir semejante cosa). Sólo digo que una generación debe ser recordada y evaluada por empresas políticas de mayor grandeza. La libertad es una causa sublime y por ella vale la pena jugarse. Pero lleva ínsita una opción preferencial por los que menos tienen.

Más aún: cualquier convocatoria generacional a defender la libertad por más amplia y "épica" que pueda intentar ser, tendrá ese olor a "defensa de la libertad-de-un-sector" si no somos capaces de combinarla con una lucha frontal contra la desigualdad generalizada. Contra el hambre de la humanidad.

Sería una picardía promover la cultura de la participación y el protagonismo, pero ser indiferentes respecto al acceso a las oportunidades. Exigir respeto por todos los derechos y libertades, pero negarnos a revisar por qué a algunos no se les está garantizando el derecho básico al alimento y la vivienda.