¿Dónde está nuestra generación?



Por Sebastián García Díaz

Los que tenemos 40 ¿podemos estar conformes con nuestra participación? Sentimos un malestar. Querríamos hacer algo, pero… Algunos sí lo están haciendo. Son los de “La Campora”, algunos intendentes jóvenes o en Córdoba el equipo de “funcionarios de Mestre”. Se que ellos cobran sueldos por participar y nosotros no. Pero no es razón suficiente para nuestra indiferencia ¿Qué pasó con nuestro fuego sagrado?

Somos hijos de la democracia. Vimos por televisión la caída
del Muro de Berlín. Vivimos esa esperanza. Se terminaba el mundo bipolar: el comunismo había sido derrotado. La libertad triunfaba en Latinoamérica y el mundo.

Cursamos con pasión Derecho Internacional Público por la expectativa que la ONU y los organismos supranacionales pudieran construir rápidamente el armazón de convivencia, paz y progreso de una “aldea global”. Las estrellas de la Comunidad Europea brillaban más que nunca como luceros del futuro y las seguían los bloques regionales como el Mercosur.
Los referentes ya no eran el “Che Guevara” u otras expresiones violentas de la generación anterior, sino la Madre Teresa de Calcuta, Lech Walęsa, los defensores del medio ambiente, o el Papa Juan Pablo II rezando junto a los líderes de todos los credos, por la Paz Mundial.
Fuimos testigos de profundas reformas. En un corto plazo, se terminó la inflación, los servicios públicos comenzaron a funcionar y vimos inversiones extranjeras, gerentes y turistas de otros países caminando por las calles de Córdoba. Súbitamente teníamos acceso a maquinarias, tecnología, servicios, música, comidas, libros y espectáculos que durante toda la infancia y la adolescencia habían resultado excentricidades.

Ese joven parando -con su sola presencia- los tanques de la Plaza de Tiananmen, nos impulsaba a creer que todo era posible. ¿Qué nos pasó entonces? ¿Dónde quedó aquella nueva utopía que íbamos a construir? 

Fue demasiado rápido que vino la Guerra del Golfo, la declaración del “fin de la historia” de Fukuyama por un supuesto triunfo del capitalismo, las primeras distorsiones en la aplicación del “consenso de Washington”. Gobernantes decidían tremendos ajustes mientras ostentaban en las revistas de vanidades los resultados escandalosos de sus actos de corrupción. Desocupación, pobreza y miseria, conflictos sociales, injusticias flagrantes...      

Las nuevas amenazas nos encontraron desprevenidos. El “pensamiento débil” de Vattimo, el “hombre light” de Rojas, el “Choque de las Civilizaciones” de Huntington o los llamados de atención del propio Juan Pablo II en “Centesimus Annus” sobre el riesgo de haber superado el extremo del comunismo, para caer en otro. Apareció la “Tercera Vía”
para buscar el punto medio y otros intentos de construir matices. Alain Touraine anticipaba en el título de su libro, sin embargo, la preocupación que crecía: “¿Podremos vivir juntos?”

El momento crucial vino en el 2001 con el ataque a las Torres Gemelas. Llegaron las crisis económicas y financieras globales, las teorías mesiánicas de los Bush, el auge de los populismos iguales de mesiánicos en nuestros países latinoamericanos; el desprestigio de las ideas de la libertad económica y el retraso de los procesos de integración, la explosión del narcoterrorismo, los desastres ambientales y el auge de la inseguridad como problema central de las sociedades de todo el planeta.

Ha sido la última crisis del capitalismo en Estados Unidos y en Europa, la foto de una muralla dividiendo EE.UU. de México o la de los presos torturados en Guantánamo, las decisiones unilaterales, las guerras preventivas, la ONU burlada en sus mecanismos, la Iglesia puesta en jaque por escándalos de pedofilia con un Papa pidiendo perdón…lo que terminó de dar el golpe de gracia a esa nueva utopía de un mundo mejor, más abierto, más libre y más tolerante, con el que nacimos al ejercicio de nuestra ciudadanía.

Podría agregar todo lo que pasó con nuestro país, pero es suficiente. Nuestra perplejidad está justificada. Han sido 20 años demasiado esquizofrénicos podría decirse, acelerados por una tecnología y un consumo que abre inmensas oportunidades pero que -a falta de un relato de hacia dónde vamos, o mejor aún, hacia dónde queremos ir- vienen a potenciar ese malestar.
           
La pregunta es ¿estamos en edad de dar un paso al costado? ¿Podemos darnos ese lujo? ¿Este es el legado que vamos a dejar a nuestros hijos? ¿Acaso nuestra generación no tiene nada para decir (y para hacer)? Las ongs, los centros vecinales, las cooperadoras, las parroquias, los colegios profesionales, los sindicatos, las cámaras, los clubes y también la política están necesitando con urgencia nuestros brazos, nuestra experiencia, nuestro corazón, nuestras billeteras, nuestra visión. Llegó la hora de involucrarnos.